El contexto en que actúan Montesinos, Las Casas y los demás defensores de los indios, es un contexto cristiano.

Montesinos y nosotros

Hoy, quizás, la predicación de Montesinos y la obra de Las Casas tendrían menor resonancia, porque los interlocutores no son formal, cultural y sociológicamente cristianos. Por lo tanto, el llamamiento a realidades temáticamente cristianas es un llamamiento que resuena en el vacío.

La vox clamantis in deserto se encuentra no sólo frente a la aridez de las conciencias, sino también frente al desierto de las inteligencias y la razón.

No entender esto significa no moverse en el tiempo de la “nueva evangelización”, sino actuar todavía con los instrumentos propios de la pastoral ordinaria y, en la mayoría de las veces, todavía de una “cristiandad constituida”.

La nueva evangelización no puede prescindir de la relación con la cultura contemporánea, una cultura que desde hace largo tiempo vive divorciada del Evangelio.

Escribía Pablo VI que “la ruptura entre Evangelio y cultura es sin duda alguna el drama de nuestro tiempo... De ahí que hay que hacer todos los esfuerzos con vistas a una generosa evangelización de la cultura, o más exactamente de las culturas. Éstas deben ser regeneradas por el encuentro con la Buena Nueva. Pero este encuentro no se llevará a cabo si la Buena Nueva no es proclamada”[1].

Volvamos al problema del anuncio. En esto, la homilía de Montesinos del cuarto domingo de Adviento de 1511 nos puede ayudar también en nuestro tiempo.

Entre todos los elementos señalados nos parece oportuno todavía evidenciar la estrecha vinculación – se podría hablar analógicamente de un proceso de circumincesión – que une la libertad y la identidad de Montesinos con la comunidad dominica de La Española y con el pueblo de la isla. La elección preferencial por los indios (los pobres) no es excluyente, sino que está vinculada al anuncio del Evangelio a los encomenderos y a los españoles en general[2].

Existe, pues, una tríada formada de la interioridad individual, de la comunidad y del pueblo, de todo el pueblo. Cuando falta un elemento de la tríada, se acaba la posibilidad de la predicación.

Además, hemos visto que la predicación es precedida por estudio, oración, ayuno, vigilias, unidad de la comunidad. Ella es verdaderamente Palabra de Dios en el sentido de genitivo subjetivo (es Dios quien habla)[3], sólo si nace de la humilde escucha y de la caridad de la comunidad en la que los hermanos constituyen un solo corazón y una sola alma. La comunidad no es una comunidad espontánea, sino una comunidad jerárquica, donde la obediencia al fray Pedro de Córdoba garantiza la unidad y la valorización de los diferentes carismas. De esta manera, la comunidad se presenta unida en el actuar ad extra y esta unidad tendrá gran importancia en la afirmación de la nueva doctrina. Libertad y obediencia no se eliminan, sino se juntan potenciándose recíprocamente.

Otro elemento que debe ser evidenciado es la capacidad de juntar la teoría con la praxis. El anuncio será tanto más auténtico y eficaz cuanto más sabrá guardar distintas y unidas la doctrina y los hechos, y realizar una lectura histórica de los hechos a la luz de la verdad evangélica; pero también una lectura de la verdad evangélica a la luz de los hechos.

Las Casas, siguiendo las huellas de Montesinos, podrá amar y defender a “los cristos flagelados, abofeteados, crucificados de las Indias” sólo en cuanto contempla al Cristo del Evangelio y el rostro de los hombres. En el mismo acto él alcanza a Dios y a los hombres, porque cristianamente el acto de contemplación es acto de amor, donde lo divino y lo humano se juntan sin mezclarse, se distinguen sin separarse.

Por lo que se refiere más directamente a la homilía, nos parece ser extremamente interesante la manera de exponer de Montesinos. Él hace algunos interrogantes a las conciencias, tiende a despertarlas poniendo en contradicción su praxis con la teoría que afirman profesar.

En nuestro tiempo, se trata, más bien, de interrogar acerca de las consecuencias de una determinada praxis, para buscar hacer pensar y alcanzar a construir un discurso que vuelva a encontrar los principios de causalidad eficiente y final y los mínimos soportes metafísicos, sin los cuales se cae en un pensamiento débil que no permite la racionalidad de las respuestas.

Esto exige una predicación por cierto no consoladora y tranquilizadora, sino capaz de “alcanzar y transformar con la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad, que están en contraste con la palabra de Dios y con el designio de salvación”[4].

Una predicación que no supiera revolver las seguridades adquiridas y las líneas de pensamiento dominantes, sería una predicación que no toca al oyente, y no está al servicio de la gracia de Dios y de la profunda libertad del hombre, de cuyo encuentro puede nacer la conversión.

Por supuesto, no sería el anuncio de la Palabra de Dios en el sentido de genitivo subjetivo. Como máximo, sería uno de los tantos discursos que el hombre hace acerca de Dios y que en este tiempo, por tantos aspectos tan “religioso”, encontraría un lugar en el mercado mediático de los valores y las divinidades.

El primer anuncio que debe ser dado hoy no puede prescindir del hecho de que “siempre han sido, y siguen siendo una afirmación fundamental de la fe las palabras con las que Juan, retomando y profundizando el relato de la creación contenido en el Antiguo Testamento, empieza su Evangelio: ‘En el principio era el Logos’, la razón creadora, la energía de la inteligencia de Dios, que rellena de sentido las cosas. El misterio de Cristo se puede comprender correctamente sólo a partir de este inicio, en que la razón se manifiesta, al mismo tiempo, también como amor... Frente a la crisis actual de la razón, tiene que volver a resplandecer con claridad esta esencial naturaleza racional de la fe. La fe salva la razón, justamente porque la abraza en toda su amplitud y profundidad y la protege contra los intentos de reducirla simplemente a lo que puede ser comprobado experimentalmente. El misterio no se presenta como enemigo de la razón; al contrario, salva y defiende la íntima racionalidad del ser y del hombre”[5].

Volver a sanar la razón

Las preguntas que hacía Montesinos en 1511 en la isla La Española, hoy, quizás, se tendrían que formular con expresiones diferentes. Tal vez, hoy, se tendrían que hacer, aun antes, otras preguntas, si a nosotros nos interesa verdaderamente despertar las conciencias. Y, puesto que la predicación es condición para la posibilidad del nacimiento y el desarrollo de la fe[6], hay que tener presente, como afirma el Card. Ratzinger, que hoy “una de las funciones de la fe – que no está entre las más irrelevantes – es la de ofrecer un saneamiento a la razón como razón, de no violarla, de no permanecer ajena a ella, sino de conducirla de nuevo a sí misma. El instrumento histórico de la fe puede volver a liberar la razón como tal, de manera que esta última – llevada al buen camino por la fe – pueda ver sola. Debemos esforzarnos por lograr semejante diálogo nuevo entre fe y filosofía, porque ellas se necesitan recíprocamente. La razón no se sana sin la fe, pero la fe sin la razón no se vuelve humana”[7].

Lo que hace de palpitante actualidad la homilía de Montesinos es el apasionado amor a Dios y a los hombres, y el percibir que la muerte del hombre continúa en la historia la crucifixión de Dios.

Es verdad, sin embargo, también lo contrario, y el pensamiento contemporáneo conoce también esta parábola. La parábola en la que, a través de la crisis del pensamiento metafísico, el eclipse y la muerte de Dios, se ha llegado a teorizar la muerte del hombre[8].

El tiempo de hoy, como también todos los tiempos, exige paciencia. Frente al fracaso de la palabra, no hay que desanimarse, retroceder o cambiar. Hay que repetir y profundizar, volver a formular la argumentación con expresiones adecuadamente inculturadas.

Es lo que hizo Montesinos el domingo siguiente, cuando volvió a subir al púlpito, empujado por la presión de los españoles de la isla, que querían que moderase y retractase la homilía que había pronunciado.

Montesinos se inspiró en el versículo 3 del capítulo 36 de Job: “Repetamscientiammeam a principio, et sermones meos sine mendatioesseprobabo. Tornaré a referir desde su principio mi ciencia y verdad, que el domingo pasado os prediqué, y aquellas mis palabras, que así os amargaron, mostraré ser verdaderas”[9].

La predicación de la nueva evangelización puede encontrar una fuente y una doctrina inagotable en el conocimiento y la profundización de la gran tradición oratoria del pasado.

Entre las grandes homilías que marcaron el tiempo, construyeron nuevas formas de civilización y nuevas estructuras de amor, sirvieron para inspiración y motivo de conversión para tantos, la homilía de Montesinos se impone hoy todavía por su amor y conocimiento del corazón de Dios y del corazón del mundo.

Hoy debe ser afirmado con claridad que un proyecto de evangelización para los países ricos del Norte, que se centrara exclusivamente en el problema del ateísmo, de la indiferencia, de la secularización y del mercado de las religiones, sin asumir con toda su fuerza el grito de angustia y la denuncia de los pobres del Sur, sería una evangelización no sólo incompleta, sino también infiel al mensaje proclamado por Jesús de Nazaret.

Entre el proyecto de nueva evangelización de la sociedad secularizada y posmoderna del Norte y aquel de liberación del Sur del mundo hay que mantener una relación estrecha[10].

En esta óptica, la homilía de Montesinos adquiere toda su envergadura de actualidad.

Si, como dice Gregorio Magno, conocemos por el amor[11] y, mejor aún, “el amor es el mismo conocimiento”[12], entonces podemos afirmar con certeza que en Montesinos amor y conocimiento fueron todo uno y la muerte que lo alcanzó en Venezuela, quizás mártir en 1545[13], fue el sello crístico de su vida y su hablar.

Emilio Grasso

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)

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[1] Evangeliinuntiandi, 20.

[2] “Tened por cierto, que en el estado que estáis, no os podéis más salvar”, en B. de Las Casas, Historia de las Indias, lib. III, cap. 4..., 176.

[3] Acerca de la diferencia entre Palabra de Dios en sentido de genitivo subjetivo y de genitivo objetivo, cf. D. Grasso, L’annunciodellasalvezza. Teologia della predicazione, D’Auria, Napoli 1965, 63-67.

[4] Evangeliinuntiandi, 19.

[5] J. Ratzinger, Svolta per l’Europa? Chiesa e modernità nell’Europa dei rivolgimenti, Edizioni Paoline, Cinisello Balsamo (MI) 1992, 84-85.

[6] Cf. Rm 10, 17: “La fe nace de una proclamación, y lo que se proclama es el mensaje cristiano”.

[7] J. Ratzinger, La fede e la teologia ai giorni nostri, en “La Civiltà Cattolica” 147/IV (1996) 490.

[8] J. Ratzinger, La fede e la teologia ai giorni nostri, en “La Civiltà Cattolica” 147/IV (1996) 490.

[9] La conclusión a la que Michel Foucault considera poder llegar es que “hoy podemos pensar solamente entre el vacío del hombre desaparecido”: la cuna del hombre es también su sepulcro; el hombre foucaultiano nace muerto, cf. E. Corradi, Filosofiadella “mortedell’uomo”. Saggio sul pensiero di Michel Foucault, Vita e Pensiero, Milano 1977, 217.

[10] B. de Las Casas, Historia de las Indias, lib. III, cap. 5..., 178.

[11] Cf. A. González Dorado, Los pobres del hemisferio sur, un desafío a nuestra fe, en “Proyección” 43 (1996) 15-16.

[12] Gregorio Magno, Homiliarum in Evangelia, lib. II, 27, 4, Patrologia latina 76, 1207.

[13] Cf. J. Quetif - J. Echard, ScriptoresOrdinisPrædicatorum recensiti notisquehistoricis et criticis illustrati, II, LutetiæParisiorum 1721, 123.

 

 

18/01/2017