El período histórico que nos toca vivir – como pregunta que nos interroga y pide nuestra respuesta responsable, inteligente y generosa –, no lo entenderemos, si no sabemos remontarnos a las raíces que lo han generado y lo sostienen.
En un mundo que se convierte cada vez más en una aldea global – según la famosa expresión del sociólogo canadiense Marshall McLuhan –, es imposible tener la inteligencia de los acontecimientos y enfrentar los cursos y retornos históricos, si no trascendemos y tomamos distancia de las situaciones en las que estamos sumidos, para poder leerlas con una mirada que parte desde un punto de observación más alto y desde un horizonte más amplio.
El 2008, en el Paraguay, es un año que desde hace tiempo está sobrecargado de expectativas y significados. Las que deberían ser normales elecciones presidenciales en cualquier país democrático, han sido interpretadas, por el contrario, como las elecciones del cambio, de la regeneración purificadora, de la ruptura con un largo paréntesis de corrupción y latrocinio institucionalizados, del retorno a un mítico pasado y a valores incontaminados, que cuanto más se alejan en el tiempo, tanto más se aprecian.
De esta manera, las elecciones presidenciales de abril de 2008 tienden a escaparse de una articulada confrontación política sobre los logros alcanzados, los programas presentados a los electores, las propuestas legislativas hechas de números y tiempos de actuación, las fuerzas sociales y los hombres, con sus historias y su real radicación en el contexto social del país, que estos programas están llamados a llevar a la práctica.
Evitando la confrontación con lo que Maritain llamaría “el ideal histórico concreto”, refugiándose, en cambio, en la utopía y en el libro de los sueños, se sigue perpetuando (más allá de las mejores intenciones, de las cuales, como se suele decir, está bien empedrado el infierno), la dependencia y la falta de responsabilidad del pueblo, que siempre se encuentra zarandeado entre diferentes salvadores, que deciden sobre su presente y su futuro.
Sin un cambio personal, que empieza por el coraje de la fidelidad en las pequeñas cosas, cualquier sueño revolucionario se precipita en desilusión o tragedia.
La Iglesia – siempre es oportuno repetirlo – no está llamada a dar respuestas políticas.
La relación entre fe y política, como entre caridad y justicia, ha sido delineada claramente por Benedicto XVI en la encíclica Deus caritas est.
Es tarea de la Iglesia formar al pueblo de Dios, en la inteligencia y la memoria, para vivir el misterio de la Encarnación del Logos, de la Palabra de Dios.
Apartándome del contingente “abril de 2008”, he vuelto a un pequeño libro de Emmanuel Mounier para recordar que solo conjugando la fidelidad en las cosas pequeñas con la audacia de la gran aventura, la política permanecerá anclada en la realidad y sabrá navegar hacia puertos lejanos, también en una noche cerrada que se presenta oscura.
El sueño más grande de cambio estructural, que ha atravesado el siglo pasado, ha sido representado por el proyecto de Marx, interpretado por la conquista del Palacio de Invierno por el núcleo bolchevique de Lenin.
No se comprenderá nada de lo que vivimos, si borramos estas páginas y estos nombres del libro de la historia.
Pienso que son pasos obligados, en una confrontación ideológica, sobre todo cuando la política se carga de esperanzas y objetivos que no le pertenecen.
El mayo de 1968 es una fecha que todavía puede enseñarnos algo. Frente al desmoronamiento del imperio soviético y a la progresiva manifestación del fracaso sustancial de los objetivos de la revolución de octubre, nació en varias partes del mundo una insurrección generacional, que fundamentalmente no fue sino un escape hacia el futuro.
Se intentó conjugar la revolución comunista con las exigencias de una revolución para la liberación de las costumbres.
De esta forma, se identificaron a personas y lugares lejanos, que fueron transformados en auténticos mitos idealizados fuera de la realidad. Entre estos el más famoso, y el único que sigue resistiendo en todos los países el desgaste del tiempo, es el del Che Guevara.
Captar las razones de esta idealización permite comprender también otros fenómenos similares.
La antropología religiosa nos enseña que, si las religiones no consiguen contestar las preguntas del homo religiosus, este buscará una respuesta en la magia y en las diferentes formas de exaltación alienante e irracional.
Lo mismo se puede decir de la política: si ella no da las respuestas adecuadas al problema de las relaciones del hombre que vive en la sociedad, él las buscará en el populismo demagógico, instaurando, fuera de la sociedad política y sus instituciones, relaciones directas con supuestos líderes carismáticos.
Volver a la política quiere decir poner de nuevo los pies sobre la tierra, en la búsqueda de soluciones concretas y posibles de los problemas auténticos, que los ciudadanos viven día a día y que afectarán al futuro del país.
Para hacer esto, hay que saber redescubrir, o quizá sería mejor decir descubrir, el don de la libertad y la responsabilidad y volver a apropiarse de él.
Esto quiere decir, como escribía Juan Pablo II, que “la libertad hay que conquistarla permanentemente, no basta con poseerla”.
La libertad es como el maná bíblico. Cada día debemos recoger nuestro maná, porque el que se conserva hasta el día siguiente se llena de gusanos y se pudre.
En este campo de la educación a la cotidianidad, a la fidelidad en las cosas pequeñas, al cambio personal, a la racionalidad, a la interpretación de la realidad y, sobre todo, a la conquista de la libertad, la Iglesia en el Paraguay encuentra el terreno donde confrontarse con los grandes desafíos pastorales de los próximos años.
Emilio Grasso, El maná de cada día, Centro de Estudios Redemptor hominis, San Lorenzo (Paraguay) 2007, 68 págs. |
ÍNDICE
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Introducción |
7 |
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El mañana que llega |
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Realismo y extremismo cristianos |
13 |
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Marx y Lenin aún nos interrogan |
19 |
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De Mayo 1968 a mayo 2008 |
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Utopía y política |
31 |
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La fascinación de la fidelidad |
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Che Guevara en el imaginario colectivo |
41 |
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Ser de derecha o de izquierda |
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Permanencia y mutaciones de sus referencias ideológico-políticos |
53 |