Deseamos presentar a nuestros lectores la figura de Fray Antonio de Montesinos –misionero español de la Orden de los Dominicos, quien fue el primero en denunciar públicamente la explotación de los indígenas en América Latina por parte de los conquistadores y de los encomenderos–, a través de un artículo de Emilio Grasso
publicado en E. Grasso, Han creído en un mundo nuevo. Rostros de esperanza en la América Latina de
ayer y de hoy, Centro de Estudios Redemptor hominis, San Lorenzo (Paraguay) 2006, 9-27.
Esta denuncia de las injusticias y los atropellos fue como un clamor, que propició una legislación inspirada en el reconocimiento del valor sagrado de la persona.
Juan Pablo II, durante su largo pontificado, ha llamado la atención del pueblo de Dios hasta nueve veces acerca de la figura de fray Antonio de Montesinos.
Su nombre es recordado junto con otros intrépidos luchadores por la justicia, evangelizadores de la paz que, con un profundo sentido eclesial, defendieron a los indígenas de los conquistadores, pagando, algunos, incluso con el sacrificio de su propia vida[1].
Junto con Antonio de Montesinos, son recordados como maestros de humanismo, de espiritualidad y de afán por dignificar al hombre, los nombres de Pedro de Córdoba, Bartolomé de Las Casas, Juan de Zumárraga, Toribio de Benavente “Motolinía”, Vasco de Quiroga, José de Anchieta, Toribio de Mogrovejo, Manuel de Nóbrega, Juan del Valle, Antonio Valdivieso, Julián Garcés, José de Acosta, Roque González, Bartolomé de Olmedo, Juan Solano[2]. Son hombres en los que latía la preocupación por el débil, el indefenso, el indígena, sujetos dignos de todo respeto como personas y portadores de la imagen de Dios, destinados a una vocación transcendente[3].
Juan Pablo II subraya que, en el seno de una sociedad propensa a ver los beneficios materiales que podía lograr con la esclavitud o la explotación de los indios, surge la protesta inequívoca desde la conciencia crítica del Evangelio que, luchando por la justicia contra los abusos de los conquistadores y de los encomenderos, denuncia la inobservancia de las exigencias de dignidad y fraternidad humanas, fundadas en la creación y la filiación divina de todos los hombres[4].
Esta denuncia de las injusticias y los atropellos fue como un clamor que propició una legislación inspirada
en el reconocimiento del valor sagrado de la persona. Fue gracias a tantos insignes defensores de los indígenas, tanto en España como en América Latina, juntamente con la Escuela de Francisco de Vitoria en la Universidad de Salamanca[5], por lo que se afirmó, con coraje profético, la conciencia cristiana por medio de la primera elaboración del código de los derechos del hombre[6].
En su mensaje a los indígenas de América, en el marco de la conmemoración del V centenario del inicio de la evangelización del Nuevo Mundo, Juan Pablo II recuerda “los enormes sufrimientos infligidos a los pobladores de este continente durante la época de la conquista y la colonización”[7].
“Nosotros no dejamos de pedir perdón – afirma el Papa – a estos hombres. Esta petición de perdón se dirige sobre todo a los primeros moradores de la nueva tierra, a los indígenas, y, luego, también a los que allá fueron deportados desde África, como esclavos, para los trabajos duros”[8]. En efecto, se deben “reconocer con toda verdad los abusos cometidos debido a la falta de amor de aquellas personas que no supieron ver en los indígenas a hermanos e hijos del mismo Padre Dios”[9].
En la fase de la primera penetración misionera – como recordaba el Santo Padre en el discurso de inauguración de las celebraciones en preparación del V centenario – hubo “la interdependencia entre la cruz y la espada”[10] y el recíproco encuentro de los dos mundos aconteció “con todos sus beneficios y sus contradicciones, sus luces y sus sombras”[11].
Los datos históricos, sin embargo, están indicando que “se llevó a cabo una válida, fecunda y admirableobraevangelizadora y que, mediante ella, se abrió camino de tal modo en América la verdad sobre Dios y sobre el hombre que, de hecho, la evangelización misma constituye una especie de tribunal de acusación para los responsables de aquellos abusos”[12].
En la Introducción a su ya famosa obra La lucha por la justicia, Lewis Hanke subraya el propósito de demostrar cómo “la conquista de América por los españoles no fue sólo una extraordinaria hazaña militar en la que un puñado de conquistadores sometió todo un continente en un plazo sorprendentemente corto de tiempo, sino, a la vez, uno de los mayores intentos que el mundo haya visto de hacer prevalecer la justicia y las normas cristianas en una época brutal y sanguinaria”[13].
Una voz que grita en el desierto
En su conclusión, el mismo Hanke subraya cómo esta lucha se volvió una cuestión palpitante desde el
momento en que el dominico Antonio de Montesinos subió al púlpito de la isla La Española aquel domingo antes de Navidad en 1511 y predicó sobre el texto Ego vox clamantis in deserto[14].
Es de esta “palabra solitaria”, en efecto, de donde nace aquello que el mismo Hanke reconoce como uno de los grandes acontecimientos de nuestra historia espiritual[15].
Acontecimiento que encuentra en Montesinos un auténtico representante no sólo de la conciencia cristiana, sino también de la conciencia española del Nuevo Mundo[16].
Muchos han visto en las palabras de Montesinos el inicio de la así llamada leyenda negra. Más exactamente, y de acuerdo con la verdad objetiva de la historia, estas palabras se deben considerar como una de las primeras manifestaciones del criticismo español frente al problema de la colonización americana, una de las más grandes lecciones de aquel eticismo heroico que nos proporciona la historia de la colonización americana[17].
Aquella de Montesinos es una palabra solitaria que mueve las conciencias, desencadena las pasiones, compromete las inteligencias, arrastra las voluntades, agita las plazas y las universidades, sacude las seguridades adquiridas, conmueve los corazones puros, convence a los hambrientos de verdad, genera una nueva cultura de amor.
Una palabra, en la que la lucha por la justicia encuentra su lugar adecuado, en el marco del testimonio rendido a Cristo Salvador[18].
En la homilía del 11 de octubre de 1984, durante la Misa celebrada en Santo Domingo, Juan Pablo II pone de relieve magistralmente esta relación entre evangelización y lucha por la justicia, así como resonó en la homilía de Antonio de Montesinos.
“Y cuando el abuso del poderoso – afirma el Santo Padre – se abatía sobre el indefenso, no cesó esa voz que clamaba a la conciencia, que fustigaba la opresión, que defendía la dignidad del injustamente tratado, sobre todo del más desvalido. Con qué fuerza resuena en los espíritus la palabra señera de fray Antonio de Montesinos, cuando en la primera homilía documentada, la de Adviento de 1511 – al principio de la evangelización – alza su voz en estos mismos lugares y, denunciando valientemente la opresión y abusos cometidos contra inocentes, grita: ‘Todos estáis en pecado mortal... Estos, ¿no tienen ánimas racionales?, ¿no sois obligados a amarlos como a vosotros mismos?’. Era la misma voz de los obispos, cuando asumieron en todo el Nuevo Mundo el título de ‘protectores de los indios’”[19].
Debemos a Bartolomé de Las Casas la descripción de los acontecimientos que acompañaron la homilía de Montesinos[20].
El padre Isacio Pérez Fernández, uno de los máximos conocedores de la obra lascasiana, sintetiza así los
antecedentes de la homilía: por lo que se refiere a los primeros veinte años que tuvieron en el centro de todo interés el descubrimiento, la conquista y la colonización del complejo geográfico antillano y sus alrededores, es unánime el reconocimiento de la dura vida que tuvieron que sobrellevar los indígenas de parte de los españoles recién llegados.
Es notorio, además, qué tipo de personas llegaron al Nuevo Mundo en las expediciones sucesivas. Ciertamente todos cristianos; cada uno, sin embargo, de condición social y personal diferentes. Pero, por encima de las diferencias de clase, las personas que se embarcaron rumbo al Nuevo Mundo eran generalmente de espíritu venturoso y oportunista, presa de fáciles ilusiones y empujados por el deseo de empezar una nueva vida más holgada que la vivida en la tierra de origen. Algunos eran atraídos por la corona de gloria, otros por la ambición del mando y del poder; todos por el sueño del oro y de riquezas fabulosas.
La codicia insaciable, sobre todo, era la que debilitaba todas las leyes y ordenanzas reales e impulsaba a abusar de los indígenas, en mayor o menor medida, a través de extorsiones, trabajos que agotaban todas sus energías y aun a través de la esclavitud. En los primeros veinte años, según la opinión de Pérez Fernández, este pésimo tratamiento fue el comportamiento de la mayoría de los españoles, incluidos los eclesiásticos que se trasladaban a aquellas tierras.
Entre los españoles, nadie pensaba estar fuera del sendero de la justicia; al contrario, todos – conquistadores y colonos – estaban convencidos de que la obra que estaban realizando era buena para ambas partes: indios y españoles. Esta convicción, apoyada por el pensamiento dominante en todos los ámbitos de la época, persistió hasta cuando un primer grupo de dominicos llegó en 1510 a la isla La Española. Libres de todo compromiso material y conociendo lo que acontecía, dieron comienzo a la tarea de predicar la Palabra de Dios y a la lucha contra los abusos y las injusticias a los que estaban sometidos los indios[21].
(Traducido del italiano por Luigi Moretti)
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[1] Cf. Juan Pablo II, Lettera apostolica ai religiosi e religiose dell’America Latina in occasione del V centenario dell’Evangelizzazione del Nuovo Mondo (29 de junio de 1990), en Insegnamenti, XIII/1, 1707. En el artículo, los textos de los discursos pronunciados por el Santo Padre son tomados de Insegnamenti di Giovanni Paolo II, I-XXV/2, Libreria Editrice Vaticana 1979-2004. Ellos serán citados como Insegnamenti.
[2] Cf. Juan Pablo II, Amate Cristo e per Cristo gli uomini (25 de enero de 1979), en Insegnamenti, II, 130; cf. Juan Pablo II, Per l’apertura del “Novenario di anni” promosso dal CELAM (12 de octubre de 1984), en Insegnamenti, VII/2, 890; cf. Juan Pablo II, Lettera Apostolica ai religiosi..., 1707; cf. Juan Pablo II, All’apertura dei lavori della IV Conferenza Generale dell’Episcopato Latinoamericano (12 de octubre de 1992), en Insegnamenti, XV/2, 316; cf. Juan Pablo II, Santo Domingo: il messaggio agli indigeni di America (12 de octubre de 1992), en Insegnamenti, XV/2, 342-343; cf. Juan Pablo II, Rivissuto con i fedeli il recente pellegrinaggio apostolico in America Latina (21 de octubre de 1992), en Insegnamenti, XV/2, 399; cf. Juan Pablo II, Izamal: ai rappresentanti delle comunità indigene (11 de agosto de 1993), en Insegnamenti, XVI/2, 425; cf. Juan Pablo II, Ai professori e agli alunni della Pontificia Università “San Tommaso d’Aquino” (24 de noviembre de 1994), en Insegnamenti, XVII/2, 860.
[3] Cf. Juan Pablo II, Amate Cristo..., 130.
[4] Cf. Juan Pablo II, Per l’apertura del “Novenario di anni”..., 889-890.
[5] Cf. V. D. Carro, Los fundamentos teológico-jurídicos de las doctrinas de Vitoria, en “La Ciencia Tomista” 72 (1947) 95-122; cf. C. LópezHernández, Ley, Evangelio y Derecho Canónico en Francisco de Vitoria, Centro de Estudios Orientales y Ecuménicos “Juan XXIII” - Universidad Pontificia, Salamanca 1981; cf. Francisco de Vitoria y la Escuela de Salamanca, La ética en la conquista de América. Por D. Ramos - A. García - I. Pérez y otros, C.S.I.C., Madrid 1984; cf. R. Hernández, Derechos humanos en Francisco de Vitoria. Antología, Ed. San Esteban, Salamanca 1984; cf. I diritti dell’uomo e la pace nel pensiero di Francisco de Vitoria e Bartolomé de Las Casas. Congresso Internazionale tenuto alla Pontificia Università S. Tommaso (Angelicum), Roma 4-6 marzo 1985, Massimo, Milano 1988.
[6] Cf. Juan Pablo II, All’apertura dei lavori..., 316;cf. Juan Pablo II, Rivissuto con i fedeli..., 399-400.
[7] Juan Pablo II, Santo Domingo: il messaggio agli indigeni..., 343.
[8] Juan Pablo II, Rivissuto con i fedeli..., 400.
[9] Juan Pablo II, Santo Domingo: il messaggio agli indigeni..., 343.
[10] Juan Pablo II, Per l’apertura del “Novenario di anni”..., 889.
[11] Juan Pablo II, Per l’apertura del “Novenario di anni”..., 888.
[12] Juan Pablo II, All’apertura dei lavori..., 316. Cf. Pontificia Commissio Pro America Latina, Historia de la evangelización de América. Trayectoria, identidad y esperanza de un continente. Simposio Internacional. Ciudad del Vaticano, 11-14 de mayo de 1992. Actas, Libreria Editrice Vaticana, Ciudad del Vaticano 1992.
[13] L. Hanke, La lucha por la justicia en la conquista de América, Ed. Sudamericana, Buenos Aires 1949, 13.
[14] Cf. L. Hanke, La lucha..., 426.
[15] Cf. L. Hanke, Colonisation et conscience chrétienne au XVIe siècle, Plon, Paris 1957, 3.
[16] Esta afirmación del carácter hispánico de Montesinos, Las Casas, de Vitoria, de los que combatieron contra los primeros métodos coloniales, fue aprobada por unanimidad en el Vigésimo sexto Congreso de los Americanistas, llevado a cabo en Sevilla en 1935. Entonces se declaró que debían ser considerados como “auténticos representantes de la conciencia española en el Nuevo Mundo”, cf. L. Hanke, Colonisation et conscience..., 280-281.
[17] Cf. J. M. Chacóny Calvo, Cedulario cubano. Los Orígenes de la Colonización (1493-1512),I, Compañía Ibero-Americana de Publicaciones, Madrid s.d., XXXI-XXXII.
[18] Cf. Centesimus annus, 5.
[19] Juan Pablo II, L’omelia durante la Messa per l’evangelizzazione dei popoli (11 de octubre de 1984), en Insegnamenti, VII/2, 878-879.
[20] Cf. B. de Las Casas,Historia de las Indias, lib. III, cap. 3-18, en B. de Las Casas, Obras escogidas, II, Atlas (Biblioteca de Autores Españoles 96), Madrid 1957, 174-216.
[21] Cf. I. Pérez Fernández, La fidelidad del Padre Las Casas a su carisma profético, en “Studium” 16 (1976) 81-84. Acerca de los inicios de la presencia de los dominicos en el Nuevo Mundo, cf. A. Figueras, Principios de la expansión dominicana en Indias, en “Missionalia Hispanica” 1 (1944) 303-340; cf. V. Rubio, Fecha de llegada de los primeros frailes de la Orden de Predicadores al Nuevo Mundo, en “Communio” 14 (1981) 111-145.