El año 1989, con la caída del muro de Berlín, ha representado un momento de gran ilusión y posteriormente de amargas desilusiones.
Con el fin de la guerra fría, del telón de acero, del equilibrio del terror y de la contraposición ideológica, que dividía al mundo en dos hemisferios contrapuestos como reino del bien y del mal absolutos, nació y se difundió la idea de que la historia había terminado y, en conexión con el avance del proceso de globalización, iban progresivamente desapareciendo los diferentes localismos y particularismos de cualquier tipo, y la humanidad se encaminaba hacia una civilización plasmada por valores compartidos.
También en el ámbito teológico, una lectura superficial, parcial y marcadamente optimista del Concilio Vaticano II indujo a muchos teólogos, y a acríticos repetidores del último eslogan escuchado, a pensar que el sueño de los filósofos de la Ilustración de un mundo en progreso indefinido iba a hacerse realidad.
En América Latina, esta corriente, frente a una situación endémica de pobreza, se expresa hoy en una acumulación de posiciones no bien definidas, que van de una reivindicación nacionalista a un redescubrimiento de las presuntas incontaminadas civilizaciones precolombinas; de un populismo demagógico que “despilfarra dineros que sabe ajenos en nombre de aquellos a quienes se los expropia”[1] al descubrimiento de nuevas formas de democracia participativa, donde toda la participación consiste en votar por quien te ofrece más para comprar tu cédula electoral o en aplaudir interminables discursos que se escuchan en manifestaciones inmensas.
Es el déjà vu (lo ya visto) que se repite, aunque este déjà vu se disfrace de nuevo, porque se lo proclama en el siglo XXI.
Frente a todo esto, la Iglesia tiene que proponer incansablemente siempre la misma verdad: Cristo Jesús, Único Salvador, belleza antigua y siempre nueva.
El discurso sobre la inculturación, que viene presentado en este ensayo, tiene la finalidad de poner la base teórica, para que, en el anuncio del Evangelio del Señor Jesús, esta belleza nueva no se separe de la antigua. No se trata de dos bellezas diferentes, sino de la misma, ayer, hoy y siempre, que se hace comprensible al hombre de hoy.
El Evangelio debe asumir las diversas culturas, sin comprometer su propia identidad. Pero, el límite principal del proceso de inculturación proviene de la dificultad de explicitar, exactamente, lo que entendemos por cristianismo. ¿Se trata del mensaje cristiano originario? ¿Del cristianismo histórico como ha tomado forma en la Iglesia oriental y latina?
Desde sus orígenes, el cristianismo ha debido asumir la particularidad de una cultura determinada. Por eso, su encuentro con las culturas, hoy como ayer, es siempre, al mismo tiempo, un choque entre diferentes culturas. Todo el problema consiste en saber si la ajenidad del mensaje cristiano proviene de la misma paradoja evangélica, o bien, del vehículo cultural privilegiado al que se halla históricamente asociado.
Aquí nos encontramos frente a la cuestión, que se ubica en el corazón del proceso de la inculturación.
Contemplando el rostro mestizo de María de Guadalupe, hemos verificado los principios teóricos enunciados en el primer ensayo, para poder enriquecernos de la riqueza y sabiduría de nuestra fe, al mismo tiempo auténticamente católica y profundamente arraigada en el contexto latinoamericano.
Este breve ensayo – es honesto decirlo –, no es de fácil e inmediata lectura. Pero, si queremos romper el círculo vicioso del cacique (que se llame pa’i no cambia la situación), que lo piensa todo y del pueblo que se queja de todo y solo es capaz de aplaudir al nuevo caudillo de turno (que aparece como nuevo solo porque se ha llenado la boca y te ha llenado el cerebro de la palabra cambio…, pero cambio de qué no se sabe…), debemos tener el coraje de conocer y ampliar nuestros horizontes.
Nutrir la inteligencia del pueblo, para que sea capaz de tomar sus responsabilidades, también eclesiales, es el más grande desafío que apremia a la Iglesia en este tercer milenio.
No podemos seguir despreciando al pueblo de Dios y omitiendo elevar el contenido y la forma de la reflexión.
Antonio Gramsci, uno de los más destacados pensadores marxistas, muy conocido y apreciado en América Latina, decía que el pa’i es el intelectual en medio del pueblo campesino.
No es, naturalmente, solo esto. Antes de cualquier otra cosa, debe ser el ministro de Jesús en medio del pueblo. Esto, en verdad, quiere decir ser, al mismo tiempo, el ministro de aquella Palabra, aquella Inteligencia, aquel Logos creador que da sentido último a todas las realidades, sabiendo hablar a la inteligencia del hombre, huella de la Inteligencia Creadora de Dios.
Este breve ensayo, para mí, constituye, antes que nada, un acto de amor y de confianza en la inteligencia, la sed y el hambre de conocer del hombre paraguayo. Y el conocimiento – según la clásica expresión de san Gregorio[2] – quiere decir también, al mismo tiempo, amor.
_____________________
[1] P. Apuleyo Mendoza - C.A. Montaner - A. Vargas Llosa, El regreso del idiota, Editorial Sudamericana, Buenos Aires 2007, 50.
[2] “Amor ipse notitia est”, Gregorio Magno, Homiliarum in Evangelia, lib. II, 27, 4, en Patrología latina 76, 1207.
Emilio Grasso, María de Guadalupe en el corazón de la interculturalidad, Centro de Estudios Redemptor hominis, San Lorenzo (Paraguay) 2008, 69 págs. |
ÍNDICE
|
Introducción |
7 |
|
Fundamentos teológicos del proceso de inculturación |
13 |
|
El rostro mestizo de María |
|
|
Redención y liberación de los oprimidos de América Latina |
41 |