Hablar de la muerte se ha vuelto particularmente impopular en la época contemporánea. Si, de parte de los sociólogos y pensadores más perspicaces, se ha puesto en evidencia la ocultación y la remoción de la muerte como característica de la cultura del hombre de hoy,

de parte de numerosos teólogos y del Magisterio se ha destacado lo que se ha llegado a llamar “la crisis de la escatología” en la Iglesia, o sea la caída en el olvido –en la predicación y en las demás tomas de la palabra, oral o escrita– de los temas inherentes a la muerte y al más allá.

También el Documento de Aparecida ha señalado que “en la cultura actual no cabe la muerte y, ante su realidad, se trata de ocultarla” (n.º 419).

A pesar de los intentos de disimularla, la muerte sigue siendo una realidad firme que hace irrupción en la existencia, desbaratando equilibrios y sembrando desconcierto, tanto más violentamente cuanto más su recuerdo ha sido expulsado de la cotidianidad.

Es un acto de verdadera caridad pastoral hacer resurgir las preguntas más fundamentales, acalladas o arrinconadas durante mucho tiempo, y hablar de la muerte, no a los moribundos –quienes no tienen la libertad de no escuchar, ni tienen la posibilidad de reorientar su vida, y cuyo entendimiento a menudo está fuertemente menguado–, tampoco solo a los que acaban de ser golpeados por un luto –quienes frecuentemente pasan por un trance donde, como ellos mismos suelen manifestar posteriormente, actúan como autómatas, sin darse verdaderamente cuenta de lo que pasa y de lo que se dice alrededor de ellos–, sino a los que están en plena salud, e incluso a los jóvenes.

De ahí que este “Cuaderno de Pastoral”, reeditado con diferentes mejoras, se dirige a todos los fieles, y no simplemente a los que están confrontados directamente con la muerte, como consecuencia de un fallecimiento o porque se encuentran en el umbral de la agonía. Su interés es mucho más universal que el de uno de los tantos manuales de autoayuda que circulan, escritos para ayudar a elaborar el luto. En efecto, la meditación sobre la muerte –como es afirmado con claridad en las páginas que siguen, fruto de una sistematización de diferentes intervenciones del P. Emilio Grasso en la Parroquia Sagrado Corazón de Jesús de Ypacaraí– no debe posponerse hasta el momento en el cual ella golpee a nuestra puerta, arrancándonos un ser querido o incluso nuestra propia vida. La preparación a la muerte tiene que efectuarse desde la juventud, no solo porque nadie conoce “el día ni la hora” (cfr. Mt 25, 13), y no está asegurado de poder llegar a la vejez, sino porque solo la consideración de la realidad de la muerte permite vivir auténticamente.

Meditando en este tema podremos reconocer lo que es verdaderamente sólido, lo que no pasa, y por el cual la vida merece ser vivida. Llegaremos así a identificar algo más grande y más importante detrás de la vida, la cual no tiene su fundamento y su justificación en sí misma. Llevar a cumplimento este proceso es una tarea esencial e inaplazable, porque solo quien tiene una razón para morir tiene una para vivir.

Tener la valentía de mirar en cara a la muerte, desafiarla (“¿Dónde está, oh muerte, tu victoria?”, 1 Co 15, 55) y vencerla gracias a la fe: es la necesidad que todos tenemos, una y otra vez, porque la cuestión sigue volviendo a presentarse, en un combate que no tiene desenlace hasta la agonía final.

De este combate depende nuestra entera salud, tanto psíquica como espiritual. En efecto, la angustia frente a la muerte, además de ser el origen de todos los demás miedos y fobias, y la causa de neurosis y psicosis, es, en el plan espiritual, la raíz del pecado, como afirma la Carta a los Hebreos, la cual indica que Cristo “liberó a los hombres que, por miedo a la muerte, se pasan la vida como esclavos” (Heb 2, 15).

El miedo a la muerte nos esclaviza de por vida, nos domina a cada instante, y la tendencia actual a ocultar la muerte paradójicamente no hace sino aumentarlo. Para reprimirlo, intentamos preservar nuestra existencia con cualquier medio, llegando a pecar: acumulamos riquezas como si pudieran garantizar nuestra salud, nuestro bienestar y nuestra sobrevivencia; perseguimos un suplemento de vida a través de la búsqueda desenfrenada del placer; aspiramos envolvernos en la gloria efímera y falaz del poder o de la celebridad. Descubrimos demasiado tarde que estos caminos llevan a desperdiciar nuestras energías y nuestra vida misma, destruyendo a nosotros y a los demás. La muerte, así, después de haberse convertido en instigación al pecado, se vuelve “salario del pecado” (cfr. Rom 6, 23).

Se comprende entonces la importancia de abordar este tema a la luz de la fe. El tono discursivo de este “Cuaderno”, que ha sido mantenido, hace que sea una interpelación para la fe, e incluso una provocación. Confiamos que esta publicación pueda ayudar al lector a vencer el miedo a la muerte y lo que este miedo ocasiona en él. Podrá, así, unir su voz a la liturgia de la Iglesia que canta la victoria de Jesús no solo sobre su propia muerte, sino sobre la muerte:

“Cristo ha resucitado de los muertos,

con su muerte ha vencido a la muerte.

Y a los muertos ha dado la vida”[1].

Michele Chiappo

 

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[1] Liturgia bizantina: Tropario del día de Pascua, cit. en Catecismo de la Iglesia Católica, 638.

 

 

Emilio Grasso, El Esposo llega de repente. Reflexiones sobre la visión cristiana de la muerte, Centro de Estudios Redemptor hominis (Cuadernos de Pastoral 18), San Lorenzo (Paraguay) 20183, 60 págs.

 

 

ÍNDICE

 

 

Introducción

3

I. La parábola de las diez muchachas

6

La muerte llega en el momento menos pensado

6

El sentido verdadero de la muerte es el encuentro con el Amor

8

II. La muerte y el sentido de la vida

12

La muerte de una persona interroga a todos

14

La ambigüedad de la muerte

16

La muerte espiritual

20

III. La muerte del inocente

21

El sentido del dolor

23

El silencio de Dios

27

IV. El novenario

30

El significado del agua y de la tierra

31

V. El lugar de la memoria: el cementerio

36

La muerte no hace diferencias

36

Sanar la memoria

38

VI. La resurrección

42

Nuestro Dios es el Dios de la vida

43

El amor es más fuerte que la muerte

46

VII. Conclusión

49