Casi como un sello de su largo e intenso pontificado, Juan Pablo II, en su último libro de significativo título Memoria e Identidad, ha recorrido los principales acontecimientos del siglo XX.

El tema de la memoria, que constituye el eje central de este breve ensayo teológico-pastoral, ha sido puesto de relieve con particular atención por Juan Pablo II, sobre todo al finalizar el Segundo Milenio y al amanecer del Tercero.

En este ensayo encontramos dos expresiones lapidarias que son el núcleo esencial del anuncio cristiano y de su futuro: “No hay futuro sin memoria”; “no hay futuro sin perdón”.

El problema de la pérdida de la memoria es uno de los desafíos antropológicos por excelencia, con el cual la Iglesia está llamada a confrontarse. En efecto, la pérdida de la memoria elimina en el hombre todo punto de referencia y de comparación. En un devenir continuo en el que todo nace, cambia y muere, el anuncio evangélico se vuelve imposible y desaparece tragado en la ambigüedad de “lo que se ha dicho y no se ha dicho; se ha hecho o no se ha hecho…”.

La pérdida de la memoria destruye la vida de la persona y no permite ninguna relación social que no sea violencia y atropello.

La muerte de la memoria es la muerte de Dios mismo y, allí donde Dios no existe, todo está permitido.

La memoria, sin embargo, no puede reducirse a un simple recuerdo. No puede encerrar al hombre en un tiempo definitivamente terminado, en un libro en el que todo ya está escrito y los roles están establecidos irrevocable y eternamente.

Si la función de la memoria fuera esta, se produciría un insanable y mortal conflicto entre los detentadores de la memoria y los portadores del futuro.

Un conflicto desgarrador y mortal, la mayoría de las veces generacional, que prefigura una sociedad en la que, como un nuevo Moloch, los padres comen a sus hijos, o una sociedad sin padre en la que la vida de los hijos reclamaría la muerte del padre.

En este conflicto mortal, retumba el grito de los hijos: “Guarden ustedes su pasado, pero déjennos a nosotros nuestro futuro”.

Es por eso por lo que, si es verdad que “no hay futuro sin memoria”, no es menos cierto que “no hay futuro sin perdón”.

La memoria no puede reducirse a una simple memoria literal, sino que debe ser una memoria ejemplar y por esto capaz de confrontarse, purificarse y proyectarse hacia el futuro.

Para que esto suceda, memoria y futuro necesitan estar unidos por el perdón.

El perdón restituye a la memoria toda su función, pero al mismo tiempo introduce, a lo largo del tiempo histórico, las energías del reino de Dios y devuelve al hombre perdonado la posibilidad de empezar de nuevo y ya no pecar.

El perdón y la misericordia liberan el futuro de la tiranía del nihilismo (existencia sin ninguna referencia, libertad absoluta) y, al mismo tiempo, liberan la memoria de la tiranía de un tiempo definitivamente concluido, en el que ya no existe la fascinación de la irrupción de lo nuevo.

Espero que estos breves artículos contribuyan, casi al amanecer del tercer siglo de la independencia del Paraguay, a liberar este amado país de la tiranía de una memoria que lo encierra todo en el eterno retorno y de aquella de un futuro vacío de identidad que busca, en una novedad sin raíces de fidelidad, algo que acaba por precipitarse en la nada.

Emilio Grasso

 

 

Emilio Grasso, Entre memoria y futuro, Centro de Estudios Redemptor hominis, San Lorenzo (Paraguay) 2007, 88 págs.

 

 

ÍNDICE

 

Introducción

7

Purificar la memoria

De la memoria del hombre a la memoria de Dios

11

Los desafíos teológicos de la purificación de la memoria

27

Futuro y perdón

Para un testimonio profético de las comunidades cristianas

39

La tiranía de los lugares comunes,

o sea, el morir sin memoria y sin futuro

53

Entre memoria y futuro

No podemos reemplazar la lealtad con las artimañas

63

El desierto de los tártaros

 

Vivir, en el presente, la memoria que dona esperanza

71