El 6 de octubre de 2006, el Papa Benedicto XVI anunció que el XII Sínodo Ordinario de los Obispos estará dedicado al tema: “La palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia” y se desarrollará en el Vaticano del 5 al 26 de octubre de 2008.

El Sínodo de los Obispos es una institución permanente, creada por el Papa Pablo VI el 15 de septiembre de 1965 con la Carta apostólica motu proprio Apostolica sollicitudo, en respuesta a los deseos de los Padres del Concilio Vaticano II, para proseguir el camino iniciado en el Concilio.

En efecto, etimológicamente la palabra sínodo, derivada de los términos griegos syn (que significa juntos) y hodós (que significa camino), expresa la idea de “caminar juntos”.

Por lo tanto, un sínodo es un encuentro religioso o asamblea en la que unos Obispos, reunidos con el Santo Padre, tienen la oportunidad de intercambiarse mutuamente informaciones y compartir experiencias, con el objetivo común de buscar soluciones pastorales que tengan validez y aplicación universales.

Es de suponer que el XII Sínodo Ordinario sobre la palabra de Dios, que será el segundo presidido por Benedicto XVI, pueda ser visto como una consecuencia lógica y teológica del anterior Sínodo, dedicado a “La Eucaristía: fuente y cumbre de la vida y de la misión de la Iglesia”.

De tal manera, la unidad indivisible de la mesa de la Palabra y de la mesa del Pan, subrayada por la Constitución dogmática Dei Verbum (cf. n.º 21) del Concilio Vaticano II, encontraría en este “proyecto sinodal” su expresión concreta.

El papel que tiene hoy la palabra de Dios (o tendría que tener), en todas las esferas de la vida de la Iglesia, exige ser reconsiderado en los niveles más altos.

El fenómeno cada vez más preocupante en nuestro Paraguay (y naturalmente no solo entre nosotros) es el uso equivocado y el abuso que se hace de esta “palabra”.

Es ofensivo y ridículo, por ejemplo, ver cómo, en todos los sectores sociales y culturales, cuando alguien no tiene nada que decir o no sabe cómo demostrar su argumentación, utiliza, naturalmente fuera de su contexto, cualquier palabra sacada de la Biblia y la pone al servicio de su razonamiento.

Esta es una vieja manera de jugar con la palabra de Dios que, si fuese un poco más inteligente, se podría decir que repite lo que el diablo hizo con Jesús en el desierto.

El problema de esta “inflación e ignorancia de la palabra de Dios” tiene su solución solo volviendo a plantear la justa relación entre Biblia e Iglesia, en la escucha eclesial de la palabra de Dios.

Escribía el entonces Cardenal Ratzinger, hoy Benedicto XVI:

Es cierto que, como palabra de Dios, la Biblia está por encima de la Iglesia, que ha de regirse y purificarse siempre por ella; pero la Biblia no está fuera del cuerpo de Cristo; una lectura privatizada nunca puede penetrar en su verdadero núcleo. La recta lectura de la Escritura presupone leerla allí donde hizo y hace historia, donde es, no mero testimonio del pasado, sino fuerza viva del presente: en la Iglesia del Señor y con sus ojos, los ojos de la fe. La obediencia a la Escritura es siempre, en este sentido, obediencia a la Iglesia; esa obediencia se vuelve abstracta si intentamos separar la Iglesia de la Biblia o utilizar ésta contra ella. La Escritura viva, en la Iglesia viva, es, también hoy, un poder de Dios que está presente en el mundo, un poder que es fuente inagotable de esperanza a través de todas las generaciones[1].

Pienso que leer e interpretar la Sagrada Escritura dentro del marco de la Iglesia, significa descubrir su universalidad, que no es solo nuestro yo totalizador, nuestro pequeño grupo, comunidad o capilla, sino es aquella Iglesia universal en la casa del Padre congregada desde el justo Abel hasta el último elegido (cf. Lumen gentium, 2), que precede siempre a la Iglesia local y la establece[2].

Este “Cuaderno de Pastoral” n.º 16, que continúa la praxis de una reflexión teológica en medio del pueblo donde trabajo, quiere abrir cada vez más el corazón de nuestras comunidades parroquiales a la riqueza escondida, y a veces ocultada, del tesoro comprendido y desarrollado en los siglos del camino de la palabra de Dios en medio de su rebaño.

Emilio Grasso

 

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[1] Ratzinger, Un canto nuevo para el Señor, Sígueme, Salamanca 1999, 65-66, cit. en P.J. Lasanta, Cardenal Ratzinger, diccionario de enseñanzas. Para comprender el Pontificado, n.º 1788, Editorial Horizonte, Logroño s.f., 720-721.

[2] Cf. J. Ratzinger, Convocados en el camino de la fe. La Iglesia como comunión, Ediciones Cristiandad, Madrid 2004, 146-147.

 

 

Emilio Grasso, La Palabra de Dios en la Vida y en la Misión de la Iglesia, Centro de Estudios Redemptor hominis (Cuadernos de Pastoral 16), San Lorenzo (Paraguay) 2007, 52 págs.

 

 

ÍNDICE

 

 

Introducción

3

I. Iglesia y Sagrada Escritura

6

Una lectura eclesial

11

II. ¿Cómo leer y meditar la Sagrada Escritura?

16

El comienzo del pensamiento moderno

17

Leer en el mismo Espíritu

20

III. La conversión del corazón

23

No hay Espíritu sin letra

25

IV. Beber de su propio pozo

31

El progreso en la comprensión

33

Encuentro personal

37

VII. Conclusión

42