La cultura del rostro caracteriza la espiritualidad de Emilio Grasso. Él no trata de manera sistemática de este tema en sus textos y tampoco en las páginas que siguen; sin embargo, de ellos emerge de manera preponderante la importancia del rostro encontrado y querido, que funda también su experiencia de fe.

La cultura del rostro nace del amor hacia “alguien”; es una cultura que no nos deja en la masa anónima, sino que hace descubrir la belleza del existir en una dimensión que inicia aquí en la tierra, pero que transciende esta vida para ir más allá de la muerte. Es la apertura hacia el rostro del otro que conduce, aunque de manera atemática, al Rostro de Dios.

Dios no puede ser reducido a una ideología, porque Cristo no es una idea, sino Palabra que se ha hecho carne en la historia de los hombres, en un determinado lugar y en un determinado tiempo, entre la cotidianidad de la vida concreta de los hombres. Hoy como ayer es Su Rostro el que se tiene que mostrar a los hombres.

Es magistral lo que Emilio Grasso escribe en el artículo Volver a partir de Patamino, un niño que encontró entre los chabolistas del Arrabal, un barrio muy pobre de Roma donde decidió ir a vivir: “En el Arrabal, Patamino era el camino hacia la Verdad. Patamino era el Juicio. Patamino era el Camino que Dios me indicaba. Patamino era la Historia. […] La palabra es carne y sangre o no es nada. Si la misión de la Iglesia no encuentra al Individuo, Único, Irrepetible en su carne y su sangre, y no de manera virtual o abstractamente tomado como muchedumbre, la Iglesia olvida aquella Singularidad Única e Irrepetible en que está presente toda la universalidad, toda la divinidad”.

Para el autor, la verdadera revelación, más que una doctrina, es el reconocimiento de un hecho, más bien la visión de un rostro, del Rostro de Cristo. Cristo, en su muerte, saca cada velo y muestra a los hombres el Rostro del amor y de la misericordia del Padre. En el Rostro de Jesucristo resplandece la gloria de Dios, pero no de reflejo, como en Moisés, sino como resplandor del mismo Dios. El Rostro de Dios es el Rostro de una Persona: del Verbo que se ha hecho carne, cuya gloria ha sido contemplada en la tierra.

El Rostro de Cristo se revela a lo largo de los caminos simples, humildes, concretos de la vida del hombre y es allí que se manifiesta lo sagrado, a través de las mediaciones propias a la ley de la encarnación. Para el autor, si en la praxis cotidiana, en el vivir de cada día, Dios no es el Dios con nosotros, el Emmanuel, todas las verdades sobre Dios quedan solo afirmaciones sin verificación en la cotidianidad, que no inciden en la realidad vivida.

Emilio Grasso sabe que el hombre está en busca de un rostro que deje traslucir la belleza de Dios, la belleza de un amor que no acaba con la muerte y que satisface el deseo de infinito que se encuentra en cada uno de nosotros. Ésta es la Hermosura que atrae y fascina.

Él, partiendo de la propia experiencia, afirma que vivir el Evangelio significa vivir la Hermosura que no se explica, el Amor sobre el cual no se razona, lo Bueno que no se demuestra. Sin duda, el cristianismo es verdadero, es uno, es bueno, pero sobre todo es hermoso. Porque es hermoso vivir, es hermoso querer, cantar, bailar, osar, sufrir, morir. En la tierra hay Belleza y Alegría, incluso en la Cruz, porque el Cielo ya ha tocado la Tierra. No puede existir Dios en el cielo, si a este Dios no se lo ha visto en la tierra.

A menudo, los escritos de Emilio Grasso ponen al hombre frente a un Rostro que se ha hecho carne y sangre por amor a cada uno. Él muestra preferir la expresión de san Ireneo: “La gloria de Dios es el hombre viviente. Y la vida del hombre es la visión de Dios”.

Para él, es necesario mantener unidas las dos afirmaciones contenidas en esta frase. Hace falta, pues, tener cuidado de no aislar el primer aspecto – “la gloria de Dios es el hombre viviente” – prescindiendo de la segunda proposición, operación que justificaría la vida en sí como absoluto. En cambio, se tiene que declarar inseparablemente que la vida del hombre es la visión de Dios, y es esta visión la que vuelve al hombre viviente y lo transforma en gloria de Dios. Para nosotros los cristianos, la vida es un valor, pero no es “el valor” único, final, absoluto. Puede ser donada para testimoniar otros valores, para testimoniar una fe, una relación. A veces, este testimonio puede exigir la muerte, el dar la vida por los demás, por aquel al que se ama. La vida está siempre en relación con un más allá, con una trascendencia.

En el artículo La Navidad es fiesta de fe, Emilio Grasso escribe: “Sin la libertad de Dios no existiría este encuentro. Pero tampoco existiría sin la libertad del hombre. El yo de María, pronunciando su sí, ha permitido la encarnación del Hijo y les ha ofrecido a todos los hombres la posibilidad histórica de decir su sí”.

María, por tanto, es el anillo que ata a Dios con el hombre. Sin esta mujer que ha dado su cuerpo a la libertad de la Palabra, que ha permitido a la Palabra hacerse carne, nosotros nunca habríamos tenido a Jesús, a la Iglesia.

De la maravilla de la Navidad emana para la Iglesia en el Paraguay una invitación a repensar la mariología como una llamada a querer a María, no como el último recurso al que confiarnos, sino como el modelo que nos conduce para vivir como discípulos del Señor.

Maria Grazia Furlanetto

 

 

Emilio Grasso, Una aproximación al fenómeno de la globalización. Introducción al estudio de sus raíces económicas, Centro de Estudios Redemptor hominis, San Lorenzo (Paraguay) 2006, 56 págs.

 

 

ÍNDICE

 

Introducción

7

Navidad: navimiento, maravilla, misioón

Una reflexión desde el Paraguay en el día de Navidad

13

Bondad cruel

Es decir, la Navidad de la resignación

23

La Navidad es fiesta de fe

37

Misión: Misterio de la Navidad. Misterio del Amor

45

Volver a partir de Patamino

 

Para vivir la paradoja de la Navidad

51