En esta secunda edición de Cuadernos de Pastoral n. 6 tenemos el agrado de presentar dos textos del P. Emilio Grasso, Fundador de la Comunidad Redemptor hominis y misionólogo.

Los temas tratados son: la vocación y la misión de los laicos y la relación entre fe y política.
Son argumentos que ciertamente afectan la realidad de todos nosotros que, como cristianos, no siempre vivimos nuestra vocación. Muchos problemas, a veces, surgen porque no están clarificados bien estos temas
Por eso, nos parece importante explicar la palabra “laico”, cuyo significado ayuda a profundizar las reflexiones presentadas en esta publicación.
La palabra “laico” proviene del griego e inicialmente designaba las personas que no ejercían el poder, que no eran jefes, o sea la gente sencilla sin ningún cargo.
El primer empleo de esta palabra entre los cristianos parece que se debe al Papa Clemente Romano, quien la utiliza para indicar a aquel integrante de la comunidad que no tiene responsabilidades específicas.
Cuando la palabra pasa al latín designa al cristiano que no pertenece al clero.
El Concilio Vaticano II redescubre el papel fundamental del laico que es estar en el mundo para la trasformación del mismo según el plan de Dios. El laico es responsable de la presencia eficaz de la Iglesia en la organización de la sociedad conforme al Evangelio. En efecto, para el laico, el mundo es el espacio y el medio para desarrollar su vocación cristiana.
El primer texto que presentamos en este Cuaderno de Pastoral, sobre el rol del laico en la Iglesia, nos pone en el corazón del problema.
En efecto, aunque el Magisterio de la Iglesia claramente ha indicado cómo el laico cristiano tiene que santificar las realidades temporales y lograr su propia santificación, en la realidad esta tarea no siempre se entiende y se cumple.
Con frecuencia, el papel del laico se reduce a la simple tarea de organizar las actividades de la comunidad, o de remplazar al sacerdote en algunas de sus obligaciones.
A veces, a los laicos no se les permite crecer en su verdadera responsabilidad, y descubrir que todos estamos llamados a beber de la fuente del amor de Dios, para que todas las acciones se trasformen en manantial de vida para el mundo.
Los laicos, como los demás miembros de la Iglesia, participan plenamente del cuerpo de Jesús, y de la danza de amor de la Trinidad. La dignidad del hombre y la mujer, como sangre y carne de Cristo, proviene de la Trinidad misma.
Por eso, Emilio Grasso en este primer texto profundiza la importancia de una espiritualidad laical, desde la óptica de la inserción del laico en el misterio de la Trinidad, condición única para evitar que cualquier actividad se vuelva un simple activismo.
Para comprender mejor dónde se coloca el laico en el interior de la Iglesia, según el designio de Dios, muy sabiamente el autor nos explica la figura de María.
Como hija, esposa y madre de Dios, ella es nuestro modelo. Todos, laicos, religiosos, sacerdotes y obispos, estamos llamados a escuchar y poner en práctica la Palabra, a dar nuestra carne y nuestra sangre para que Dios entre en el mundo. María es el modelo que une a todos los cristianos, cualquiera que sea su vocación. Lo que nos une, sin embargo, no es la tarea particular que cada uno realiza, sino el mismo amor al único Dios.
Después de haber analizado la vocación y la misión de los laicos, el autor amplía y enriquece el tema con el artículo Fe y política, en el que profundiza el aspecto teológico de este binomio tan importante para comprender el papel de los laicos.
En efecto, con gran agudeza, el P. Emilio trata de la relación entre fe y política, Iglesia y Estado, lo divino y lo humano, a la luz del misterio del Verbo encarnado.
En la búsqueda de una comprensión de ese misterio, se corre un doble riesgo: por un lado, el de reducir los dos aspectos a uno solo afirmando que todo es divino o todo es humano; por otro lado, cuando se hace la distinción entre las dos dimensiones, aparece el riesgo de separarlas, permitiendo que cada una haga su propio camino sin comunicarse con la otra.
Estos dos errores doctrinales tienen graves consecuencias en la realidad social.
A través del análisis del autor se llegan a comprender las causas de tantas situaciones difíciles y de injusticias, que se viven también en Paraguay.
Conocemos bien cuáles son los desafíos que se presentan en América Latina: el hambre, la desnutrición, el analfabetismo, el desempleo, la desintegración de la familia, la injusticia social, la corrupción política y económica, los salarios muy bajos, la concentración de la riqueza en mano de pocos, la inflación, la crisis económica etc.
En este contexto es fácil caer en la tentación de juzgar la política como algo intrínsecamente malo, algo relacionado con la corrupción, con el poder, con el interés de unos pocos y no de todos los ciudadanos.
Sin embargo, sabemos que la política es el arte de organizar la ciudad y la vida de un país. La verdadera política consiste en la capacidad de poner orden en la vida respetando la libertad y la dignidad de todos. La política tiene la facultad de permitir que todos los ciudadanos vivan en libertad, justicia y paz.
En consecuencia, los laicos, hombres y mujeres, tienen que comprender que el compromiso político es de gran importancia. La política, como trabajo para que la ciudad del hombre sea también cada vez más la ciudad de Dios, es la máxima expresión de la caridad.
Por medio de estas distinciones, Emilio Grasso nos explica lo que quiere decir, para un católico, comprometerse en una determinada acción política. La política es la encarnación en el mundo de valores que, por su misma naturaleza, trascienden toda realización humana.
En esta acción cada uno tiene que comprometerse sólo a sí mismo sin involucrar a la Iglesia. La Iglesia, en efecto, es testigo de lo absoluto, comunidad profética que guía la historia, anuncio de un Reino que ya está en medio de nosotros y que, sin embargo, todavía tiene que llegar. Es juicio sobre un mundo que no es y nunca será el Reino.
Todos, en la Iglesia, estamos unidos por la misma fe, pero también desde esta fe cristiana puede nacer – como afirma el Concilio Vaticano II – una legítima variedad de opciones posibles y de compromisos diferentes.
Lo importante es entender lo siguiente: como en la encarnación del Verbo la divinidad no está separada de la humanidad, sino sólo es distinta de ella, así Dios no está separado del hombre. Por eso, los problemas sociales y políticos son temas cristológicos y por consiguiente interesan a cada cristiano.
Pero, en la solución concreta de los problemas, hay que respetar las distintas opciones posibles, que la política tiene la tarea de examinar y concretizar.
Nuestra esperanza es que este Cuaderno de Pastoral ayude a los laicos, hombres y mujeres, a comprender mejor el rol tan importante que tienen, de construir un mundo de paz, justicia, amor y verdad.
Emilio Grasso, La Misión de los laicos en la Iglesia. Pautas para un compromiso en la política, Centro de Estudios Redemptor hominis (Cuadernos de Pastoral 6), Capitán Bado 2004 (2a ed.), 76 págs. |
ÍNDICE
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Introducción |
5 |
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La Misión de los laicos en la Iglesia |
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Pautas para una espiritualidad laical |
11 |
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I. La historia |
11 |
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El Concilio Vaticano II |
14 |
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II. Fundamentos teológicos |
17 |
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La Trinidad: danza de amor |
17 |
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El pueblo de Dios |
19 |
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María: hija, esposa, madre |
20 |
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III. El sacerdocio de los fieles |
25 |
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Escuchar la palabra y al pueblo |
27 |
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La mujer |
30 |
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IV. Vocación y misión de los laicos |
33 |
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En la pólis |
33 |
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En la Iglesia |
41 |
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La espiritualidad de la palabra |
42 |
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El canto |
45 |
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En la familia |
46 |
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V. Conclusión |
52 |
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Fe y política |
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Una reflexión histórico-teológica en el contexto del Paraguay |
53 |
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El dogma de Calcedonia |
54 |
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Tentaciones al acecho |
55 |
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Cuestión cristológica y respuesta política |
61 |
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Pobreza de soluciones y totalidad de amor |
65 |
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Tensión entre fe y compromiso político |
67 |