Hacia el 50 aniversario de mi ordenación sacerdotal
Días atrás, un joven me ha preguntado qué significa, para mí, el 50 aniversario de mi ordenación sacerdotal.
Le he respondido que no soy el hombre de los aniversarios. En este sentido, percibo mucho el influjo que
hubo en mí san Agustín, cuando tuve la gracia de leer por primera vez sus Confesiones.
En el libro XI de las Confesiones, Agustín enfrenta lo que, desde el comienzo del pensamiento humano, ha sido uno de los temas cruciales sometidos a la razón. Hablo del significado del tiempo para el ser humano, de la relación entre mi estar en el mundo y el tiempo que hace de mí un ser hacia la muerte; porque todos, como no me canso de repetir, estamos encaminados hacia la muerte.
San Agustín, cuando habla del tiempo, se pregunta sobre dónde están el pasado y el futuro: “Si es verdad que existen lo futuro y lo pretérito, quiero saber en qué lugar están. Pero si tanto no consigo, sé de cierto cuando menos una cosa: que dondequiera que estén no son allí ni pretérito ni futuro, sino presente. Lo digo porque si en ese lugar el futuro es futuro y el pasado es pretérito, el futuro todavía no es y el pasado ya no es; y si no son, no pueden estar allí. Dondequiera pues que estén, como presentes están”[1].
Es, pues, en este sentido agustiniano en que siempre siento cierto malestar por la celebración de los aniversarios. Estos, en la casi totalidad de los casos, se reducen a recuerdos nostálgicos, románticos, crepusculares, a un volver a verse y a duras penas reconocerse, porque los cuerpos han sufrido la usura de los años y ya no son más los de un tiempo.
Y, además, ¿sobre qué nos volvemos a vernos? El único sentido que tiene, para mí, el volver a verse está en la confrontación apasionada, que consiste en la recíproca escucha de cómo se ha desarrollado el sueño de nuestra juventud, la intuición de amor de los orígenes.
Volver a ver a una persona en la cual ha ocurrido una especie de mutación genética del sueño de juventud, es como ver a una persona por primera vez, y esto no tiene ninguna relación con la celebración de un aniversario, sobre todo cuando se trata de una conmemoración no vinculada al ciclo de la naturaleza, sino de un aniversario ligado a una elección de gracia y libertad.
¿Qué sentido tiene volver a ver a personas que en su palabra son espiritualmente “otras”, con respecto a las
con que estuvimos ligados por el profundo deseo de alcanzar un fin común?
Cada día encontramos por centenares a personas sin historia, intereses y fines comunes.
El pasado está en el presente
El pasado –hemos aprendido en la escuela de san Agustín– está solo en el presente.
Es el presente el tiempo, el único tiempo que podemos considerar verdaderamente nuestro.
Por supuesto, este presente tiene raíces en el pasado. Pero, si en el presente no se tiene y ya no se quiere tener relación con las propias raíces –porque el hombre es un ser libre y su libertad puede rechazar en un instante todo su pasado–, entonces este hombre es un ser desarraigado y su pasado, arrancado del presente, ya no conoce más ningún lugar de existencia.
El beato John Henry Newman, uno de los mayores teólogos del siglo decimonono, autor de la fundamental obra sobre el desarrollo del dogma, escribía que “toda la verdad, o una vasta parte de la misma, se encuentra realmente expresada de repente, pero solo en sus rudimentos y casi en miniatura, de modo que llega a desarrollarse y completarse en sus partes individuales”[2], con el sucederse de nuevos acontecimientos.
La hermosura de un encuentro, con ocasión del aniversario de una elección de gracia y libertad, está toda en la confrontación sobre cómo ha sido desarrollado y completado en sus partes individuales aquel sueño de juventud, que constituyó el contenido de nuestro hallarnos bien juntos, volver a buscarnos, sufrir, superar todos los obstáculos con tal de realizar y dar cuerpo a esa Hermosura que nos fascinó mucho.
Si Newman escribe que “a medida que la revelación avanza, esta es siempre nueva, y también siempre antigua”[3], san Agustín, por su parte, había hablado de una “belleza siempre antigua y siempre nueva”[4].
En la celebración de un aniversario, en el presente vive la belleza antigua y siempre nueva y al mismo tiempo vive también el futuro, el futuro como presente, que no es sino encontrarse y apasionarse en el hodie Dei, el hoy de Dios, el tiempo que nos es dado para analizar qué hacer juntos, aportando cada uno su riqueza –que es también su fracaso y su pecado–, a fin de desarrollar y completar las partes que faltan al
cumplimiento del sueño de juventud.
Para encontrarse y poder hacer esto, hay una condición evangélica ineludible: “El que pone la mano en el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios” (Lc 9, 62).
La corrupción de las palabras
El problema no es el pecado. El problema consiste en la corrupción de las palabras, en la falsificación de los datos de salida, en ese deseo de justificarse siempre para complacer a los demás, y que lleva a la disolución del lenguaje, a la falsificación de la palabra que cambia según nuestro gusto.
En una de sus homilías, el Papa Benedicto XVI afirmaba: “Hablar para lograr aplausos; hablar para decir lo que los hombres quieren escuchar; hablar para obedecer a la dictadura de las opiniones comunes, se considera como una especie de prostitución de la palabra y del alma. … [Es necesario] no someterse a esas condiciones, no buscar los aplausos, sino la obediencia a la verdad”[5].
Sé ya que se me objetará que, en la sociedad así llamada “líquida” en la cual el pensamiento dominante es el de la “ligereza del ser”, la fidelidad a la palabra ya no es más un valor.
Esta y tantas otras afirmaciones tendrán todas sus buenas razones, y cada uno tiene la libertad de ser, en el espacio de poco tiempo, “uno, ninguno y cien mil”.
Por supuesto, no está en tela de juicio la libertad del otro. Pero, tampoco discuto la mía. A mí –sin molestar a Heidegger quien afirmaba que “el lenguaje es la casa del ser”– me gusta seguir diciendo que “el hombre está en su palabra”, como me enseñó un amigo que se ha extraviado prematuramente a las primeras sombras de la tarde.
Se pueden y se deben discutir los desarrollos históricos e inculturados de la palabra, pero no se puede cambiar el fundamento del aniversario de una elección de gracia y libertad.
Si ese fundamento se derrumba para complacer a uno o a otro entonces un aniversario se transforma solo en una ocasión perdida, en que se encuentra de nuevo hojas secas y marchitas que el primer golpe de viento se lleva.
De teste modo, se mata la memoria con su fuerza arrolladora que proyecta hacia el futuro, y permanecen solo los recuerdos crepusculares que anticipan la noche honda.
A aquel joven, que me preguntaba sobre qué significa, para mí, el 50 aniversario de mi ordenación sacerdotal, le he respondido que no significa otra cosa sino lo que había significado el día en que, bajo un pequeño arco cerca de Villa Celimontana, dije a una muchacha que escogía la eternidad del amor, y de un amor que llegara a los extremos confines de la tierra.
Y a quien me objetaba que en aquel camino habría encontrado inmensas dificultades y, al final, me habría hallado solo, recuerdo bien que respondí, porque lo escribí en un diario de mi Escuela, con las palabras de François Mauriac, un escritor a quien he amado mucho en juventud: “Pase lo que pase, me acordaré hasta el final de aquellos que se esfuerzan por cambiar el curso de un destino ya aceptado por muchos de nuestros hermanos, de aquellos que no se resignan y que aceptan ser malqueridos...”.
El día del 50 aniversario de mi ordenación sacerdotal, si Dios me lo permitirá, estaré en medio del pueblo de Ypacaraí, solo para continuar siendo lo que fui, lo que soy, y, con la gracia de Dios, lo que espero ser el último día de mi vida.
(Traducido del italiano por Luigi Moretti)
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[1] Agustín, Confesiones, XI, 18, 1, Ediciones Paulinas, Florida (Buenos Aires) 1984, 443-444.
[2] J.H. Newman, Lo sviluppo del domma cristiano, Roma 1908, 71, cit. en E. Grasso, Fondamenti di una spiritualità missionaria. Secondo le opere di Don Divo Barsotti, Università Gregoriana Editrice (Documenta Missionalia 20), Roma 1986, 195.
[3] J.H. Newman, Lo sviluppo del domma cristiano, Roma 1908, 72, cit. en E. Grasso, Fondamenti…, 195.
[4] Agustín, Confesiones, X, 27…, 382.
[5] Benedicto XVI, Concelebración Eucarística con los miembros de la Comisión Teológica Internacional (6 de octubre de 2006).
29/09/2016