Se ha escrito que, después de la caída del muro de Berlín, la ideología marxista ya no representa una tentación para los teólogos cristianos.
El problema no es de secundaria importancia, puesto que el pensamiento marxista ha sido uno de los puntos de atracción y confrontación más altos del siglo XX, y también porque este pensamiento no se puede reducir a la única variante, encarnada en el así llamado socialismo real.
Justamente la caída del muro de Berlín, por el contrario, habría debido representar la ocasión para un análisis sereno, sobre todo en aquellos países donde por largo tiempo hubo una persecución ideológica, que tachaba de comunismo o marxismo cualquier tentativa de construir una sociedad diferente, donde el hombre pudiera vivir en estructuras menos injustas y opresivas.
La ignorancia supina de esta filosofía y de esta praxis histórica lleva al peligro de reproducir antiguos esquemas maniqueos por lo que, al final, el no estar en un determinado campo quiere decir estar en aquel donde te colocan, en nombre de un monopolio de la “verdad científica” y de la justicia, los que detentan esta verdad.
En la filosofía marxista son centrales, entre otras, las categorías de alienación y de estructura-superestructura.
Para Marx, “el modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social, política y espiritual en general”.
Solo cambiando el modo de producción el obrero vuelve a apropiarse del fruto de su trabajo, y supera el proceso de alienación al cual lo ha empujado el sistema burgués, basado en la propiedad de los medios de producción.
Ahora bien, en el interior de este pensamiento, lo importante es el cambio de las estructuras. Para lograr este fin, es necesario formar un partido capaz de interpretar y dirigir los procesos de transformación.
Si, como afirma Marx, “no es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino, por el contrario, es el ser social lo que determina su conciencia”, por consiguiente, lo que cuenta es influir no en la conciencia personal, sino en el proceso económico que determina esta conciencia.
El abandono del ministerio sacerdotal de parte de un Obispo, para elegir el campo político como ámbito privilegiado para ayudar a los más pobres, con todas las pasiones que se han desencadenado, no puede ser reducido solo a un problema moral o canónico. Menos aún se puede permitir que la Iglesia sea arrastrada hacia un campo u otro.
Solo esto ha sido el motivo de la intervención de la Santa Sede para garantizar el respeto de la laicidad del Estado y de la misión de los laicos. Este principio de la laicidad requiere la distinción entre Estado e Iglesia, entre las funciones de uno y de otro, y no tiene que ser puesto en tela de juicio por ningún motivo de conveniencia inmediata. Las consecuencias serían desastrosas.
Es un principio que encontramos ampliamente confirmado en el discurso inaugural de Benedicto XVI a la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe. Esta distinción evoca, casi al pie de la letra, como lo han puesto de relieve varias fuentes, el pensamiento de Alexis de Tocqueville, que en un texto clásico acerca De la democracia en América expresa: “Cuando la religión se alía a un poder político, aumenta su poder sobre unos cuantos, pero pierde la esperanza de reinar sobre todos”.
Además, lo que no sería tolerable de ninguna manera es el hecho de que, por una razón u otra, viniera a ser lesionada la opción preferencial y evangélica por los pobres, solemnemente reafirmada en el Mensaje de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano a los pueblos de América y del Caribe.
Permaneciendo firme aquella sana laicidad, que exige la distinción entre el derecho canónico y el derecho constitucional, por cuya razón no compete a los Obispos o a la Santa Sede decidir quién puede o no puede ser elegido para los máximos cargos institucionales, es necesario que estén esclarecidos los términos de la cuestión sobre la relación entre fe y política.
Con este trabajo quiero dar solo mi sencillo y limitado aporte, sin ninguna pretensión de querer erigirme en maestro y juez.
Es tan difícil ser hijo de la Iglesia, que arrogarse el título de Padre y Maestro es algo que va mucho más allá de mi intención.
Emilio Grasso, Firmeza y decisión. Fe y política en la perspectiva de los excluidos de la sociedad, Centro de Estudios Redemptor hominis, San Lorenzo (Paraguay) 2007, 56 págs. |
ÍNDICE
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Introducción |
5 |
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Firmeza y decisión |
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Fe y política en la perspectiva de los excluidos de la sociedad |
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El dogma de Calcedonia |
12 |
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Tentaciones que están al acecho |
16 |
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Cuestión cristológica y respuesta política |
21 |
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Pobreza de soluciones y totalidad de amor |
26 |
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Las estructuras de la injusticia |
29 |
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Benedicto XVI en la V Conferencia del CELAM |
35 |
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La cuestión del consenso |
37 |
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La primacía de la persona sobre las estructuras |
40 |
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Tensión entre fe y compromiso político |
43 |