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El tema principal de este Cuaderno de Pastoral está constituido por las cuatro fidelidades de la Iglesia de Jerusalén presentadas en He 2, 42-47, específicamente: la enseñanza de los apóstoles, la convivencia fraternal, la fracción del pan y las oraciones.

Muchas razones nos llevaron a reflexionar sobre este texto de los Hechos de los Apóstoles, destacando, a la luz de esas cuatro fidelidades, sobre todo la necesidad de analizar la situación que vivimos hoy.

Frente a una tradición cultural fundada en el argumento de autoridad que, con frecuencia, genera una cultura del silencio y tiende a disolver las responsabilidades individuales en una mentalidad de grupo, – el hombre no es responsable de nada y las causas de todo se atribuyen siempre a algo que está fuera de él: la suerte, el destino, la clase política, el gobierno, el pa’i, o incluso Dios mismo – surge la imperiosa necesidad de una pastoral capaz de educar al hombre en la libertad y en la responsabilidad personal.

El agente de pastoral es el que vive una intensa relación de amor con Jesucristo en la Iglesia, lugar privilegiado donde esta relación se manifiesta en el amor fraterno, y es enviado para anunciar la Buena Nueva a todos los hombres.

En este Cuaderno hemos subrayado con fuerza el gran sentido de la función de la comunidad presentado en el libro de los Hechos. El Espíritu Santo desciende sobre la comunidad reunida, que todavía no era la Iglesia en el ejercicio de su función. Lo será solamente gracias a la fuerza del Espíritu Santo; Espíritu de Jesucristo, que ha sido derramado totalmente sobre ella en el día de Pentecostés, y que, en el corazón de Jesús traspasado por una lanza, encuentra una herida por la cual, como don, se puede derramar sobre todos los hombres. En la tradición espiritual, siempre se ha querido ver a la Iglesia nacer del costado abierto de Jesús crucificado.

El Espíritu Santo es el alma de la Iglesia; es quien le da la vida. Es un elemento que hemos querido subrayar para reafirmar que toda la actividad pastoral, antes de ser misión, primero es comunión (cf. He 13, 1-2 y también 4, 31).

Finalmente, hemos querido destacar dos aspectos fundamentales de la misión de la Iglesia: la misión como irradiación, de forma espontánea – en efecto, por irradiación “el Señor agregaba cada día a la comunidad los que quería salvar” (He 2, 47) – y la misión como compromiso por el cual la Iglesia se difunde en el mundo de manera organizada y racional.

Estas páginas de los Hechos de los Apóstoles, acerca de la Iglesia primitiva, nos invitan a reflexionar sobre nuestra dimensión de ser Iglesia en el mismo contexto donde estamos llamados a dar testimonio.

Ellas señalan un itinerario de fe que saca al hombre del anonimato de una muchedumbre, y lo pone frente a la Palabra que lo interpela en el centro mismo de la vida, única y singular, con sus propias capacidades de elección.

En la pastoral de todo un pueblo, estamos invitados, pues, a destacar el valor de la fe como respuesta personal, capaz, por la singularidad del acto, de introducir en toda la historia de la humanidad, a imitación de los pobres pescadores de Galilea, el fermento único de la liberación, o sea, al Cristo resucitado, que vive por el Espíritu en su Iglesia.

Los creyentes, a quienes el Señor salva e integra cada día a su Iglesia, forman ya una comunidad compuesta de diferentes grupos, que supera los límites y los confines de las realidades sociológicas: más grande, más profunda y también más compleja. Una comunidad que guarda en su seno la tensión común y la singularidad personal; la imagen de un pueblo en marcha y la de la esposa fiel; la multitud de los creyentes y la fe escondida del pobre y del humilde.

Es por todo esto por lo que, en nuestro compromiso pastoral, hemos querido volver a los tiempos de los orígenes para una verificación y conversión, allá donde se constate que es necesaria, y también para una confirmación de lo que hacemos.

Este Cuaderno, por un lado, podrá parecer más una “lectio” que una contribución a algunas líneas pastorales prácticas.

De hecho, hoy necesitamos reafirmar una prioridad: más allá de lo que toda la Iglesia hace, ella y por consiguiente cada Iglesia particular, tiene que hacer siempre memoria de quién “es”, para poder desarrollar una acción de auténtica evangelización, en la concreción que cada contexto sugiere.

Las numerosas citas de la Sagrada Escritura, como también todas las demás referencias bíblicas, son, indudablemente, una oportunidad no sólo para abrir el texto bíblico y releer algunos pasajes que, por otra parte, aún manteniendo su sorprendente novedad, son para nosotros muy familiares, sino también para comprometernos en una búsqueda ulterior, que procede de la profundidad de los textos mismos.

En efecto, la vuelta a la primera experiencia de la Iglesia naciente, revela justamente la actitud de no sentirnos nunca satisfechos, y de tener la capacidad de poner siempre en cuestión la vida que llevamos, a la luz del Espíritu Santo, que el Señor Resucitado nunca hará faltar a su Iglesia.

Sandro Puliani

 

 

Emilio Grasso, A las fuentes del compromiso cristiano. Las cuatro fidelidades de la primera comunidad de Jerusalén (He 2, 42-47), Centro de Estudios Redemptor hominis (Cuadernos de Pastoral 11), San Lorenzo (Paraguay) 2005, 68 págs.

 

 

ÍNDICE

 

Prefacio

3

Introducción

7

I.De la Ascención a Pentecostés

10

1. He 2, 42-47

13

2. He 4, 32-35

15

3. He 5, 12-16

16

III. Las cuatro fidelidades de la comunidad primitiva 

18

1. La enseñanza de los apóstoles

19

La enseñanza en la vida de Jesús

19

¿Una escuela de formación?

22

El método de los círculos concéntricos

27

El mandato de enseñar de Jesús

27

Vivir las cosas dichas

29

2. La comunión fraterna

31

En la vida de Jesús y en su enseñanza

31

En la vida de los apóstoles

36

3. La fracción del pan

38

La repartición

39

Dar y recibir

43

 4. La oración

44

En la vida de Jesús

44

En la vida de los apóstoles

48

La oración como relación

50

Una oración multiforme

52

IV. ¿Una comunidad perfecta?

56

V. Conclusión

60

 

 

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